Cuando las piezas comienzan a encajar

Durante unas semanas tuve una sensación extraña: cuanto más intentaba encontrar respuestas, más ruido encontraba. Buscaba experiencias de adultos diagnosticados tarde, intentando comprender mejor lo que estaba viviendo, y el algoritmo hizo el resto. De pronto todo eran vídeos, listas, frases, testimonios y explicaciones que parecían hablar de lo mismo. Algunas me ayudaron y otras no, pero llegó un momento en que entendí que seguir acumulando información no iba a responder la pregunta que realmente me estaba haciendo. No quería saber cómo era “una persona autista”; quería entenderme a mí.

Así que empecé a mirar hacia atrás, no para buscar pruebas ni para reinterpretar cada recuerdo a la luz de una palabra nueva, sino solo para intentar comprender por qué determinadas situaciones, intereses o formas de relacionarme con el mundo se habían repetido durante tantos años.

Hace unos meses inicié un proceso de evaluación con distintos profesionales. No voy a detenerme en los detalles porque no son lo importante aquí. El resultado fue un diagnóstico de TEA y altas capacidades, lo que se conoce como doble excepcionalidad.

Nada cambió de repente y, sin embargo, muchas cosas empezaron a tener otro sentido, no porque el diagnóstico explicara cada decisión o cada dificultad, ni porque pudiera resumir una vida entera, sino más bien porque ofrecía un contexto que hasta entonces no tenía.

Empecé a entender mejor por qué algunas cosas me agotaban tanto, por qué determinadas situaciones sociales requerían un esfuerzo que los demás parecían hacer de forma natural, por qué necesitaba recuperar silencio después y por qué algunos intereses podían acompañarme durante años y ocupar una parte tan importante de mi atención.

También empecé a mirar de otra forma algunas capacidades que siempre había considerado simplemente parte de mi carácter: la necesidad de comprender cómo funciona algo, de analizarlo, ordenarlo y encontrar coherencia; la facilidad para profundizar durante horas cuando algo despierta mi curiosidad; el interés constante por la informática, el diseño, la web, la inteligencia artificial o los puzles. Todo eso aparece también reflejado en la evaluación como parte de un perfil muy orientado a la lógica, la estructura y los intereses profundos.

Pero incluso así intento no caer en una nueva simplificación. No quiero pensar ahora que todo lo que me ha ocurrido “era por el autismo”, del mismo modo que antes tampoco tenía sentido pensar que cada dificultad era un defecto que debía corregir.

La doble excepcionalidad tiene precisamente algo desconcertante: capacidades y dificultades no aparecen separadas en dos columnas ordenadas. Conviven, se mezclan y a veces incluso se ocultan entre sí. Hay cosas que resultan sorprendentemente fáciles y otras que cuestan mucho más de lo que parecería lógico desde fuera, y muchas veces cuesta explicar ambas.

Quizá por eso tampoco puedo separar del todo esta reflexión de JageCreative. El proyecto existe desde hace muchos años. Durante una etapa fue sobre todo un lugar donde mostrar mi trabajo, casi como una extensión de mi portfolio. Pero detrás ya estaba una idea que entonces no sabía expresar con tanta claridad: una tecnología más humana, menos pendiente del ruido, de la inmediatez y de esa necesidad constante de llamar la atención.

Ese enfoque no apareció después del diagnóstico. De hecho, la transformación reciente de JageCreative empezó antes de todo este proceso. Lo que ha cambiado ahora no es la idea, sino mi manera de comprender de dónde podía venir esa necesidad.

Cuando empecé a hablar de volver a lo esencial, de recuperar cierta calma o de utilizar la tecnología sin perder de vista a las personas, no estaba intentando representar ninguna condición ni construir el proyecto alrededor de ella. Simplemente estaba dando forma a algo que llevaba mucho tiempo necesitando expresar. El diagnóstico ha llegado después y ha aportado contexto. Me ha hecho preguntarme si esa necesidad de ordenar, reducir el ruido, buscar coherencia y mirar la tecnología desde otro punto de vista no estaba también relacionada con mi propia manera de percibir el entorno.

No quiero convertir JageCreative en una consecuencia del autismo, porque no lo es. Pero sí empiezo a entender que muchas de las decisiones que lo han ido definiendo nacen de una forma de mirar que siempre ha estado ahí.

Tal vez eso sea lo que más ha cambiado para mí desde el diagnóstico: no quién soy, sino la forma en que interpreto algunas partes de mi propia historia.

Hay recuerdos que ahora encajan mejor. Otros siguen sin tener respuesta. También hay dificultades que continúan ahí y probablemente seguirán estando. Pero ya no siento la misma necesidad de compararlas constantemente con la forma en que los demás parecen vivir las mismas situaciones. Sigo en ese proceso.

No escribo esto para explicar qué significa ser autista ni para decirle a nadie lo que debería hacer. Tampoco porque crea que recibir un diagnóstico resuelva de repente todas las preguntas. Lo escribo porque sé que hay personas que llevan mucho tiempo intentando entender por qué ciertas cosas parecen costarles tanto mientras otras surgen con una facilidad difícil de explicar. Y puede que alguna esté ahora mismo en medio de ese ruido, leyendo demasiadas respuestas y encontrando muy pocas que realmente sienta propias.

No sé cuál será la suya.

Yo todavía estoy descubriendo la mía.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, algunas piezas empiezan a encajar.

Si te apetece seguir la conversación, puedes hacerlo en los comentarios o escribirme al correo de JageCreative que encontrarás al pie de la página. Y si hay alguna parte de esta experiencia sobre la que te gustaría que escribiera más adelante, también puedes contármelo.

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