Pensar con Inteligencia Artificial

Hace unos días encontré en LinkedIn un pequeño experimento que, en principio, no parecía tener demasiada importancia. Consistía simplemente en preguntarle a la inteligencia artificial con la que trabajas habitualmente si la tratas bien y pedirle después que analizara la forma en la que te diriges a ella. Me llamó la atención porque llevo ya bastante tiempo utilizando este tipo de herramientas y, aunque nunca me había planteado la cuestión de esa manera, sentí curiosidad por saber qué podía salir de algo tan sencillo.
La respuesta no fue especialmente sorprendente al principio. Me describía como alguien directo, exigente con los resultados y acostumbrado a corregir cuando algo no encaja. También señalaba que, durante el trabajo, suelo prescindir de muchas fórmulas de cortesía. Doy instrucciones breves, pido cambios, continúo. Nada especialmente extraño si tenemos en cuenta que, desde que comenzaron a popularizarse estos sistemas, una de las ideas que más se repetía era precisamente que no hacía falta hablarles como hablaríamos a una persona. No necesitan que les pidamos algo por favor ni que les demos las gracias después.
Y, sin embargo, aquella observación me hizo recordar algo que había pasado por alto muchas veces. En más de una ocasión había sentido el impulso de agradecer una ayuda o un resultado y me había contenido casi automáticamente porque sabía que, al otro lado, no había nadie que necesitara recibir ese agradecimiento.
Fue entonces cuando el experimento dejó de parecerme tan trivial.
Mi relación con la inteligencia artificial había comenzado algo menos de dos años antes, a raíz de algunos cursos básicos que hice simplemente para entender cómo funcionaba. En aquel momento todo era bastante rudimentario. Escribía instrucciones sencillas, probaba distintas formas de pedir las cosas y observaba qué ocurría cuando cambiaba una palabra, añadía contexto o reformulaba una petición. No había una intención concreta más allá de aprender a comunicarme con aquellas herramientas y comprender hasta dónde podían llegar.
Meses después profundicé mucho más. A través de distintas formaciones empecé a trabajar de forma habitual con varios modelos y plataformas. Probé los mismos ejercicios en ChatGPT, Gemini, Copilot o Claude y fui incorporando también herramientas especializadas en imagen, vídeo, voz, música o código. Durante un tiempo resultaba inevitable sentir cierta curiosidad ante cada nueva posibilidad que aparecía, porque todo evolucionaba a una velocidad difícil de seguir. Pero pronto comprendí que intentar probarlo todo no tenía demasiado sentido. Nunca se trató de coleccionar herramientas, sino de entender qué podía aportar cada una y encontrar aquellas que encajaran de verdad en mi forma de trabajar.
Con el tiempo fui utilizando unas mucho más que otras. No necesariamente porque fueran mejores en términos absolutos, sino porque se adaptaban mejor a lo que yo necesitaba. La sencillez siempre ha sido importante para mí, también en la tecnología, y acabé descubriendo que trabajar mejor no significaba abrir más aplicaciones ni perseguir cada novedad. A veces significaba exactamente lo contrario: reducir opciones, conocer bien unas pocas herramientas y aprender a integrarlas de forma natural en mis procesos.
Pero mientras aprendía qué podían hacer, apareció otra cuestión que terminó resultando igual de importante. Empecé a encontrar cada vez más comentarios sobre la tendencia de algunos asistentes de inteligencia artificial a resultar excesivamente complacientes. La idea era que, al estar diseñados para ayudar, conversar y seguir instrucciones, podían acabar aceptando demasiado fácilmente nuestras premisas, reforzando nuestras opiniones o evitando confrontarlas con suficiente claridad. Al principio aquello me pareció una advertencia razonable, aunque algo teórica. Después empecé a reconocerlo en mis propias conversaciones.
No era tanto que la inteligencia artificial fuese amable, sino que en determinados momentos podía resultar demasiado fácil confundir esa amabilidad con una validación. Una idea podía parecer mejor de lo que realmente era simplemente porque la respuesta estaba construida para acompañarla. Y aquello chocaba directamente con lo que yo buscaba.
Si una propuesta tenía problemas, quería saberlo. Si una decisión que había tomado tenía inconvenientes, prefería que aparecieran encima de la mesa. Si existían alternativas mejores, quería poder compararlas aunque contradijeran mi primera impresión. No necesitaba una herramienta que reforzara constantemente mi criterio, sino una que pudiera ayudarme a ponerlo a prueba.
Así que fui cambiando poco a poco la forma en la que trabajaba con ella. Añadí instrucciones, ajusté preferencias e insistí en que no buscara simplemente darme la razón. Quería análisis, contraste, dudas cuando fueran necesarias y críticas cuando estuvieran justificadas. El cambio fue notable. Las conversaciones empezaron a parecerse menos a una sucesión de respuestas complacientes y más a una forma de trabajo en la que las ideas podían evolucionar, corregirse o incluso descartarse.
Con el tiempo me di cuenta de que aprender a utilizar inteligencia artificial no estaba consistiendo solamente en descubrir qué podía hacer por mí. También estaba aprendiendo qué cosas no quería entregarle.
La tecnología permite delegar cada vez más tareas. Podemos pedirle que escriba, investigue, programe, genere imágenes, componga música, proponga soluciones o encuentre caminos que quizá nosotros no habíamos considerado. Y todo eso me sigue pareciendo extraordinario. He utilizado muchas de esas posibilidades y probablemente continuaré haciéndolo. Pero cuanto más capaces se vuelven las herramientas, más fácil resulta también trasladarles algo que no es exactamente una tarea: el criterio.
Ahí es donde empecé a ver el verdadero límite.
No creo que exista una única forma correcta de utilizar inteligencia artificial. Sería absurdo pretenderlo. Las necesidades de una persona que programa no son las mismas que las de alguien que diseña, estudia, investiga o simplemente quiere resolver una duda cotidiana. Cada uno terminará encontrando su manera de incorporarla a su vida o a su trabajo. Pero que no exista una única forma correcta no significa que cualquier decisión sea igualmente adecuada.
La pregunta que cada vez me hago con más frecuencia no es si la inteligencia artificial puede hacer algo, sino si tiene sentido que lo haga en ese contexto. Si aquello que genera sigue representando lo que quiero comunicar. Si estoy utilizando una herramienta para ampliar mis posibilidades o simplemente para evitar una decisión. Si acepto una respuesta porque realmente es buena o porque coincide con lo que esperaba escuchar.
Ninguna de esas preguntas nació con la inteligencia artificial. De alguna manera ya estaban presentes antes. Lo que ocurre es que ahora podemos saltárnoslas con mucha más facilidad.
Y quizá por eso se han vuelto más importantes.
Mientras desarrollaba esta misma reflexión ocurrió algo que terminó sirviéndome como ejemplo de lo que estaba intentando explicar. Yo había comenzado con una idea bastante más simple: la forma en la que tratamos a una inteligencia artificial y lo que puede decir de nosotros. A medida que avanzaba la conversación fueron apareciendo otras cuestiones. La cortesía, la complacencia, el criterio, los límites, la forma en que una herramienta puede influir poco a poco en nuestros hábitos. Algunas ideas no terminaban de encajar y otras parecían acercarse, pero seguía faltando algo.
Hasta que apareció una pregunta distinta.
¿Qué cambia en nosotros cuando empezamos a trabajar habitualmente con máquinas capaces de conversar y crear junto a nosotros? ¿Y qué decisiones seguimos siendo responsables de tomar cuando tantas cosas se vuelven fáciles de hacer?
En ese momento entendí que aquello era realmente lo que estaba buscando.
La inteligencia artificial había participado en el proceso, pero no había decidido por mí cuál era la idea correcta. Había propuesto caminos, formulaciones y posibilidades. Algunas las descarté, otras las matizamos y una de ellas terminó encajando con algo que yo llevaba tiempo pensando sin haber conseguido expresar de esa manera.
Y precisamente ahí encontré una metáfora bastante exacta de la relación que quiero mantener con estas herramientas.
No necesito que piensen por mí. Me interesa poder pensar con ellas. No necesito una fuente permanente de respuestas, sino un espacio en el que también pueda poner a prueba mis propias preguntas. La diferencia puede parecer pequeña, pero para mí cambia por completo la manera de utilizarlas.
Por eso resulta curioso volver al punto de partida de toda esta historia, a aquel experimento de LinkedIn y a ese «gracias» que a veces había decidido no escribir.
Sé perfectamente que una inteligencia artificial no necesita recibirlo. No hay una emoción detrás esperando reconocimiento y tampoco existe una obligación moral hacia la máquina comparable a la que podemos sentir hacia otra persona. Pero después de darle algunas vueltas, creo que esa nunca fue la parte interesante.
La pregunta era otra.
¿Por qué tendría que dejar de hacer algo que forma parte de mi manera de relacionarme solo porque sé que al otro lado hay una máquina?
Quizá esa pequeña duda resume bastante bien todo lo demás. La inteligencia artificial seguirá evolucionando y probablemente continuará entrando en espacios que ahora ni siquiera imaginamos. Será capaz de hacer más cosas, con menos esfuerzo y de formas cada vez más convincentes. Aprenderemos a utilizarla y, al hacerlo, iremos cambiando también nosotros.
No creo que podamos evitarlo por completo, ni pienso que debamos intentarlo.
Pero sí podemos seguir preguntándonos qué queremos conservar.
Porque la tecnología puede ayudarnos a llegar mucho más lejos.
La desisión sobre hacia dónde queremos ir sigue siendo nuestra.
